Por Gabriela Jiménez Ramírez Es innegable que los celulares nos han cambiado la vida. Nos acercan a quienes están lejos, nos facilitan el trabajo diario y nos ponen el mundo al alcance de un clic. Pero seamos honestos ¿cuántas veces hemos sentido que es el teléfono el que nos controla a nosotros y no al revés? El uso desmedido de las pantallas está agotando nuestra salud mental y transformando silenciosamente nuestro cerebro. A veces pensamos que para revertir el daño de años de hiperconectividad se necesitan procesos imposibles, sin embargo, un estudio realizado por científicos de la Universidad de Heidelberg y la Universidad de Colonia en Alemania, reveló que dejar de usar el teléfono inteligente durante tan solo tres días puede tener un impacto en la actividad cerebral. El estudio, publicado en el portal ScienceDirect, analizó qué le sucede a nuestro cuerpo cuando decidimos, voluntariamente, apagar el teléfono un fin de semana. Los investigadores observaron la actividad cerebral y el estado de ánimo de un grupo de personas que pasaron por una abstinencia estricta de sus celulares y lo que descubrieron nos invita a la reflexión. Al apagar el bombardeo constante de notificaciones, las redes cerebrales encargadas de la atención sostenida se calman y comienzan a estabilizarse, es decir, el cerebro sale de ese estado de alerta permanente, lo que reduce drásticamente los niveles de cortisol, la hormona del estrés. El estudio fue realizado a 25 adultos jóvenes de entre 18 y 30 años. «Utilizamos un enfoque longitudinal para investigar los efectos de la restricción del uso de teléfonos inteligentes en los usuarios de estos dispositivos», escriben los investigadores en su artículo publicado. Tras realizar los estudios, se reveló que la restricción del uso del teléfono provocó alteraciones en áreas cerebrales asociadas con la dopamina y la serotonina, neurotransmisores fundamentales en la regulación del estado de ánimo, las emociones y los procesos adictivos. Esto se suma a otro estudio realizado en 2025 y publicado en JAMA Pediatrics, donde se analizó a más de cuatro mil adolescentes en Estados Unidos y detectó que cerca del 50% desarrolla conductas de uso problemático vinculadas a redes sociales, videojuegos o dispositivos móviles. Es cierto, tres días no van a curar una adicción profunda de la noche a la mañana, pero funcionan como un reinicio biológico. Es la prueba de que nuestro cerebro solo necesita un espacio para respirar y volver a su equilibrio natural. Estos estudios nos demuestran que la dependencia del celular es un hábito que podemos transformar con voluntad y conciencia, y la verdadera soberanía tecnológica no es solo producir software o equipos; es tener el control sobre nuestros propios dispositivos y decidir cuándo encenderlos y cuándo apagarlos. Desde el Gobierno Bolivariano, hemos impulsado diferentes iniciativas y extendemos siempre la invitación a implementar pausas digitales en nuestros hogares, en las escuelas de nuestros hijos y en nuestros espacios de trabajo. No se trata de darle la espalda al progreso, sino de aprender a gobernar las pantallas para proteger nuestra salud mental, la creatividad y la paz de nuestro pueblo. Tres días son suficientes para recordar que la vida real ocurre fuera de la pantalla. Los invito a que empecemos hoy mismo a construir una relación más sana, libre y consciente con la tecnología.
Lo poco que se sabe del cerebro y la humildad científica
Por: Gabriela Jiménez Ramírez Recientemente, el neurocientífico Jonathan Benito lanzó una frase que quizá sea una provocación en el ámbito científico: «El mayor descubrimiento de la neurociencia es lo poco que sabemos sobre el cerebro». La afirmación la hizo durante el espacio La Fórmula Podcast, donde analizó cómo se forman los hábitos, el papel del efecto placebo y la conexión entre mente e intestino. También conversó sobre los límites de la ciencia, en este caso dejó claro que a pesar del avance científico, aún quedan preguntas sin responder, especialmente frente al órgano más complejo del cuerpo humano. Benito explicó que los hábitos son procesos ligados a la repetición. «Es una conducta que repetimos muchas veces y llega un punto en el que ya empieza a trabajar de forma semiautomática», indicó. En un primer momento, la acción es gobernada por el lóbulo prefrontal, que representa la toma de decisiones consciente. Después de interiorizarse llega a regiones más profundas como los ganglios basales, que automatizan la conducta. Comentó que los hábitos no se consolidan en los conocidos 21 días, sino que pueden requerir desde semanas hasta un año, dependiendo de la motivación y la complejidad del comportamiento. Descubrimientos de la neurociencia El investigador Jonathan Benito hizo una cronología sobre los avances y descubrimientos de la neurociencia y recordó que empezando el siglo XXI la comunidad científica estaba segura que próximamente se sabría todo sobre el cerebro. Sin embargo, la experiencia y el avance de la investigación le demostraron lo contrario: El mayor descubrimiento es lo que ignoramos, es que no tenemos ni la menor idea. Pese a los avances en la comprensión de las neuronas individuales y sus conexiones, el cerebro como red de 86 mil millones de neuronas sigue siendo un enigma. Fenómenos como la sincronización de ondas cerebrales entre madre e hijo durante la lactancia o la capacidad del cerebro para percibir el campo magnético terrestre, desafían los modelos actuales. «El desafío es entender un poquito cómo funciona el cerebro y la gran impotencia de no comprenderlo», dijo. Por otra parte, el especialista destacó la relevancia de las investigaciones actuales sobre la conexión entre intestino y cerebro y el bienestar emocional, señalando que los microorganismos pueden influir en la microarquitectura cerebral a través del nervio vago. Esta conexión mente-intestino abre nuevas rutas para entender la salud mental desde una perspectiva integradora. «Dentro de 15 o 20 años nos llevarán a un mundo completamente diferente», opinó. Jonathan también se refirió al efecto placebo y las sustancias que genera el cerebro. «Por mucho que lo hayas interiorizado, cada vez que me cuentan un nuevo ejemplo de efecto placebo me alucina», confesó sobre lo sorprendente del caso. Explicó que el organismo es capaz de generar sustancias como opioides endógenos y endocannabinoides, responsables de modificar la percepción del dolor, la alegría y el bienestar.Destacó el caso de la anandamida, una molécula cuyo nombre proviene del sánscrito y significa «felicidad». «Hay gente que tiene mutaciones en un gen que produce más anandamida y son personas notablemente más felices, que no se estresan y sienten menos dolor», afirmó Benito. La actitud ante la vida y la convicción personal, explicó, influyen en la liberación de estas sustancias relacionadas con el placer y la resiliencia emocional. «Cada vez que tú crees que algo te va a beneficiar, se genera de forma natural anandamida», aseguró. Frente a las reflexiones, Jonathan Benito dejó claro que la revolución no está en lo que sabemos, sino en lo que aún ignoramos. En este sentido, planteó la necesidad de una mayor humildad científica.